La verdadera Felicidad

Eres Mario Götze, centrocampista de la selección alemana de fútbol en la final de la Copa del Mundo de 2014 contra Argentina; ya han pasado ciento trece minutos sin que se haya marcado un gol. Solo quedan siete antes de que empiece la temida tanda de lanzamiento de penaltis. Unos 75.000 aficionados excitados llenan el estadio de Maracaná, en Río de Janeiro, e incontables millones siguen ansiosos el partido en todo el mundo. Y ahí estás, a pocos metros de la portería argentina, cuando André Schürrle te hace un pase magnífico. Detienes el balón con el pecho, que cae hasta tu pierna, lo chutas al vuelo y ves como supera al portero argentino y va a parar al fondo de la red. ¡Gooooool! El estadio erupciona como un volcán. Decenas de miles de personas gritan como locos, tus compañeros de equipo se abalanzan sobre ti para abrazarte y besarte, millones de personas en casa, en Berlín y Múnich, se derrumban llorando ante las pantallas de los televisores. Estás extático, pero no porque el balón haya entrado en la portería argentina o por las celebraciones que se producen en los Biergarten bávaros: en realidad, estás reaccionando a la tempestad de sensaciones que tienen lugar en tu interior. Unos escalofríos te recorren la columna vertebral, oleadas de electricidad surcan tu cuerpo, y sientes que te disuelves en infinidad de bolas de energía que explotan. Todo bioquímica.
Huerta
No tienes que haber marcado el gol de la victoria en la final de la Copa del Mundo para sentir estas sensaciones. Seguramente no lo has hecho: El protagonista del relato anterior estaba jugando en una consola. Un ascenso en el trabajo, poseer un billete de lotería premiado… Cualquier noticia agradable nos lleva a sentir intensa felicidad, pero no dura mucho las endorfinas que producen esa sensación desaparecen tan rápido como llegan. Luego, como claramente deseamos más de lo mismo para recuperar esa agradable sensación, procuramos repetir ese logro. Pero ya no es lo mismo, ya no nos resulta, necesitamos más.

Muchos estudios sociológicos recientes muestran una correlación positiva entre el “índice de felicidad” y el índice de suicidios de una población dada. Parece ser que entre más feliz es la población de un país, un estado o una ciudad, mayor será la tasa de suicidios por cada 100000 habitantes. Esta afirmación puede levantar sospechas ¿cómo medimos la felicidad? Para eliminar este inconveniente podemos referirnos a otro factor más “duro”: los ingresos per cápita. Entre más rica es una cierta población mayor será el índice de suicidios.

Personalmente creo que la riqueza tiende a llevarnos a buscar logros que, aunque tan espectaculares como el del inicio de este relato, son artificiales y efímeros. Mientras que el simple hecho de tener que trabajar la tierra nos acerca a logros más sencillos y modestos, pero duraderos. En este sentido el naturismo* es un fabuloso complemento a la ajetreada y estresante vida en las ciudades modernas.

* Insisto: no me refiero al turismo nudista, sino al disfrute cotidiano de la desnudez al aire libre, en contacto con la naturaleza.

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